Javier Monteverde, productor musical y alma mater de los estudios Cezanne Producciones, es nuestro artista del mes de enero. Acaba de ganar recientemente un Latin Grammy por el disco Kaleidoscope, de Isabel Dobarro, que, curiosamente, se grabó con uno de nuestros Steinway & Sons de la serie B.
UN NIÑO CON GRAN AFICIÓN MUSICAL
La música era una de sus asignaturas favoritas desde niño, quizá porque su padre, gran melómano, le había inculcado el interés y la curiosidad por la materia. A pesar de que en su familia no existía ningún otro vínculo con la esfera musical, tuvo la oportunidad de distinguir un sonido de calidad gracias a los equipos de alta gama de los que podía disfrutar en casa.
Sus padres nunca fueron muy proclives a que su afición a la música pasara a ser algo más que un pasatiempo. Aun así, recibió clases particulares de solfeo y órgano en casa. Con el tiempo, comenzó a experimentar con la grabación, mezcla y ecualización en cintas de cassette.
DE FUTURO ARQUITECTO A INGENIERO DE SONIDO
Comenzó los estudios de Arquitectura, aunque no era la carrera que más le apasionaba. Quizá por eso, con 18 años despertó con mayor fuerza su pasión por la música. Eran los años 80 y se acercaba el final de la movida madrileña, pero el pop y el rock estaban en pleno auge. Montó un grupo de pop español con unos amigos. Además de dar rienda suelta a su creatividad, grabaron un par de discos profesionales.
Cada vez menos interesado en la arquitectura como profesión, se centró en la música y la ingeniería. En 1989, comenzó los estudios de Formación Profesional en la Escuela Superior de Comunicación, Imagen y Sonido de Madrid (CEV).
Tras acabar el curso de Técnico de Sonido, marchó a Los Ángeles para continuar con sus estudios de música en el Musicians Institute. Fue una decisión que cambiaría su vida para siempre.
PRIMEROS PASOS EN LA PRODUCCIÓN MUSICAL
En Estados Unidos comenzó a vislumbrar lo que significaba la producción musical. Asistió a clases magistrales con verdaderas leyendas, como David Foster, Thomas Dolby, Larry Dunn (Earth, Wind & Fire), Patrice Rushen o Scott Henderson.
Estas experiencias le abrieron las puertas al mundo de la producción, interpretación, composición y sonido. Fue el comienzo de su trayectoria profesional.
De regreso a España, montó un pequeño estudio casero para grabar maquetas hasta que tuvo la oportunidad de dirigir el Auditorio de Las Rozas, en Madrid. Allí conoció al maestro José Luis Temes, que se convirtió en su mentor en la producción de música clásica.
Finalmente, con sus ahorros y la ayuda de sus padres, en 2001 nació su estudio de producción musical, Cezanne Producciones, donde ha podido dar rienda suelta a su verdadera vocación.

NUESTRA ENTREVISTA CON JAVIER MONTEVERDE
En tu estudio Cezanne cuentas con un piano de cola Yamaha C7 y sistema Nuendo para grabación, mezcla y posproducción. ¿Cuál es el “secreto técnico” para capturar la esencia de un piano —su resonancia, ataque, sostenido— sin que se pierda ni se sobreprocese el timbre natural?
El “secreto técnico” es inseparable de la experiencia auditiva y el conocimiento profundo. Tienes que conocer el instrumento y la sala. Entender las características acústicas del Yamaha C7 del estudio, que es un piano excepcional, perfectamente mantenido por el técnico afinador Gonzalo Alonso-Bernaola, me permite explotar su versatilidad en géneros tan diversos como pop, rock, jazz, música latina o clásica.
La experiencia de haber escuchado miles de veces, en directo y en grabaciones, cómo debe sonar un piano en cada estilo me ha servido de guía para la adaptación de mi propio sonido a la visión del artista y las necesidades de cada proyecto.
También, obviamente, se requiere una excelente microfonía y la experiencia para saber elegir y colocar los micrófonos. La técnica varía drásticamente. Por ejemplo, la grabación de un disco de latin jazz exige una colocación, distancia y tipo de micrófonos muy distintos a la de una obra de música clásica. Aunque la naturalidad del timbre debe mantenerse, los matices, el ambiente y la espacialidad buscados son totalmente diferentes.
¿Qué diferencias fundamentales encuentras al grabar una voz frente a un piano (o instrumentos acústicos complejos) en cuanto a micrófonos, posicionamiento, tratamiento de sala y edición?
La voz es, sin duda, el instrumento más complejo y requiere el mayor análisis para una captura óptima. Para la voz, habitualmente se utiliza un solo micrófono. No obstante, en canto lírico pueden emplearse dos para ofrecer mayor libertad de movimiento al intérprete, siempre buscando una captación equilibrada. El tipo de micrófono debe ser estudiado cuidadosamente para cada voz, ya que todas son distintas.
En cambio, los instrumentos acústicos complejos como el piano requieren una configuración multimicrófono para capturar su amplitud, resonancia y cuerpo. Cuando se graba la voz y el piano simultáneamente (algo habitual en música clásica), el desafío es crítico: la voz no solo entra por su micrófono dedicado, sino también por los micros del piano y los de ambiente.
El resultado final debe ser la suma equilibrada de todo el conjunto, capturando una voz natural y con espacio sin que el piano la enmascare. La experiencia y la práctica constante (prueba y error) son clave para controlar esta situación. Lo ideal sería siempre grabar en un auditorio majestuoso, pero al no ser posible, hay que sacar partido al espacio disponible. La sala de mi estudio es agradable para la interpretación y, hoy en día, las magníficas reverberaciones artificiales permiten crear simulaciones de espacios verdaderamente impresionantes.
Has sido nominado en varias ocasiones a los Latin Grammy y ganaste en 2021 por Voyager, de Iván “Melon” Lewis (Mejor Disco de Latin Jazz). Muy recientemente, en 2025, te alzaste con el premio por Kaleidoscope, de Isabel Dobarro (Mejor Disco de Música Clásica). En ambas ocasiones fuiste galardonado como productor, ingeniero de grabación, mezcla y masterización. ¿Cómo influyó ese reconocimiento en tu forma de abordar futuros proyectos?
En realidad, los premios no han cambiado mi enfoque en el trabajo. Siempre abordo los proyectos con la misma intención: aportar la máxima calidad sonora y musical en sintonía con la visión del artista.
Los premios son un estímulo y un importante reconocimiento a nivel internacional entre colegas y artistas, lo cual indudablemente genera más oportunidades de trabajo. Estoy encantado con estos galardones, pero nunca he trabajado para los premios. Trabajo para dejar un legado de referencias musicales de categoría.
Has trabajado con artistas de géneros muy diversos: jazz latino, música clásica, pop, musicales… ¿Qué te atrae de moverte entre estilos tan distintos y qué aprendizajes cruzados has encontrado entre ellos?
Coincido con Miles Davis: no creo en la compartimentación de los géneros musicales. Todos los estilos tienen recursos que pueden enriquecer a otros. En esencia, solo creo en la “World Music” (músicas del mundo).
Trabajar con músicos que interpretan de manera excepcional en géneros tan diversos me aporta una enorme riqueza en lenguaje musical, cultura e incluso sociología. Lo que no puedo negar es que mi interés se centra en la música interpretada por seres humanos y no tanto en la electrónica programada con software.
En términos de sonido, ¿qué cambia cuando grabas jazz —con su componente de improvisación y energía en directo— frente a una grabación sinfónica u operística, más controlada y estructurada?
En términos de calidad de sonido, no debe cambiar gran cosa. Siempre busco la belleza en la producción final. Lo que sí cambia son las técnicas de captación (microfonía) de los instrumentos o voces y, lógicamente, la mezcla en la posproducción.
El piano de una producción de jazz se aborda de forma diferente al de la música clásica. Incluso dentro del mismo género: no es igual grabar un piano para música barroca de Monteverdi que para una obra contemporánea de Luis de Pablo. La propia partitura dirige la música hacia una sonoridad atractiva para el oyente de ese estilo concreto.
¿Recuerdas alguna sesión especialmente difícil o inspiradora, donde una decisión técnica marcó la diferencia en el resultado final?
Una sesión particularmente desafiante fue la grabación en directo en el Teatro Real de Madrid para el 15.º aniversario del violinista Ara Malikian. El concierto incluía una cantidad enorme de artistas de distintos géneros, con cambios constantes de escenario. Tuve que grabar simultáneamente 96 pistas de audio durante tres horas y media, y solo tuvimos un ensayo esa misma mañana.
Para garantizar la confianza y el éxito, decidí desmontar el equipo de grabación principal de mi estudio y trasladarlo íntegro al Teatro Real. Solo operando con mi equipo habitual, con el que estoy totalmente familiarizado, pude encarar semejante grabación con un mínimo de seguridad.
En los últimos años, la tecnología ha avanzado a un ritmo vertiginoso. ¿Cómo ves el papel de la inteligencia artificial (IA), el automastering o la mezcla asistida en el futuro de la grabación?
Es un tema que me preocupa profundamente. La IA ha entrado en nuestras profesiones de una manera muy poco controlada. Lo que son herramientas potentísimas para un profesional se están convirtiendo en armas de doble filo que dan alas a gente sin talento.
Muchos puestos de trabajo peligran, pues no se puede competir contra ordenadores que trabajan 24 horas al día. En nuestro sector, me asusta la promoción de herramientas que venden el lema de que “no hace falta que sepas música para hacer música”. No conozco ninguna otra actividad profesional que permita este nivel de intrusismo. ¿Te imaginas hacer informes médicos o proyectos de arquitectura sin titulación y que te paguen por ello?
Más allá de la técnica, ¿qué escuchas cuando mezclas? ¿Buscas una sensación emocional, una espacialidad, una historia sonora? ¿Qué es lo que te hace decir: “Ya está; suena como debe sonar”?
Yo trabajo por sensación emocional, sin duda. La técnica es la herramienta que te permite entender cómo alcanzar un resultado, pero es la emoción que te genera el sonido de una producción la que te confirma que has llegado a donde querías.
Normalmente, dedico muy poco tiempo a la primera mezcla, pero invierto varios días en pequeños retoques meticulosos para llegar a ese resultado final que me satisface a nivel emocional.
Si tuvieras total libertad presupuestaria y artística, ¿qué experimento de grabación te gustaría realizar —ya sea en un espacio singular, con instrumentación inusual o combinando géneros— y por qué?
Mi instrumento favorito es la orquesta. Me encantaría grabar una orquesta sinfónica completa y un coro de 100 voces en un entorno natural único, como una caverna de resonancia perfecta o bajo la cúpula de un antiguo observatorio. Buscaría capturar una espacialidad y una reverberación que ninguna simulación digital podría igualar, fusionando el repertorio clásico con elementos de jazz o músicas del mundo, para crear una “world music orquestal” masiva y orgánica.
