Este mes, en nuestro espacio dedicado a entrevistas, presentamos a Guillermo Rodríguez, un pianista español cuya trayectoria trasciende los escenarios para adentrarse en el corazón de las políticas culturales y la educación musical.
TALENTO Y COMPROMISO CULTURAL
Guillermo Rodríguez es un pianista español afincado en Bruselas. Su carrera se caracteriza por un profundo compromiso con la música y su papel en la sociedad. Más allá de su faceta como intérprete, Rodríguez ha demostrado ser un activo gestor cultural. Es cofundador de la Federación Nacional de Estudiantes de Música de España, una iniciativa que refleja su temprana vocación por organizar y fortalecer el ecosistema musical desde sus bases.
Su labor le ha llevado a colaborar con organizaciones de primer nivel como la Asociación Europea de Conservatorios, la UNESCO, el European Music Council y la European Performing Arts Students’ Association. Esta faceta de su carrera se centra en promover políticas públicas que sitúen la cultura y la educación artística como pilares fundamentales del desarrollo sostenible.
En el ámbito profesional, ha sido responsable de políticas culturales y democracia cultural en la organización Kubbo. En marzo de 2025, dio un paso más en su carrera al incorporarse a Harmon, donde continúa desarrollando su labor en el ámbito de la política cultural. Este nuevo proyecto, con sede en Bruselas, promete ser el siguiente capítulo en su incansable labor por lograr un ecosistema cultural más fuerte e inclusivo.
El perfil de Guillermo Rodríguez es el de un músico completo, que combina la práctica artística con una sólida visión estratégica para el futuro de la cultura.

NUESTRA ENTREVISTA CON GUILLERMO RODRÍGUEZ
1) Además de pianista, trabajas muy activamente en mediación y políticas culturales. Para alguien que nunca ha escuchado ese término, ¿qué es exactamente la mediación cultural y por qué debería importarnos?
Mi miedo siempre es que, de tanto hablar de mediación, acabe pasando como con otras palabras (como innovación o sostenibilidad), que terminan utilizándose para hablar de casi cualquier cosa y, precisamente por eso, pierden parte de su significado.
En Ágora, el congreso de música clásica que organizamos en octubre de 2025, la mediación era uno de los tres temas principales, aunque acabó acaparándolo prácticamente todo. Después de tres días de conversaciones, una de las conclusiones fue que necesitamos definir colectivamente qué entendemos por mediación, construir un vocabulario común y fortalecer su legitimidad dentro de nuestro ecosistema.
La realidad es que todavía existe cierta tendencia, especialmente en el ámbito de la música clásica, a entender la mediación como alguien que sale antes de un concierto para explicar lo que el público va a escuchar. Por supuesto que eso es una herramienta de mediación, pero también es mucho más.
Para mí, la mediación es un conjunto de prácticas que buscan crear las condiciones para que las personas puedan relacionarse de forma significativa con la cultura. No se trata de simplificar el arte ni de explicarlo todo, sino de construir puentes entre artistas y ciudadanía, entre instituciones y sociedad y entre quienes ya participan de la vida cultural y quienes sienten que esos espacios no están hechos para ellos.
Creo que en el mundo de la música clásica existe cierta tendencia a que cualquier debate acabe desembocando en una reflexión sobre los “públicos”, y ahí es donde me parece que deberíamos cambiar el enfoque. Más que reflexionar sobre cómo atraer públicos, deberíamos preguntarnos qué papel puede desempeñar cada institución para contribuir a que las personas puedan acceder, participar y crear cultura desde su propia experiencia, su contexto y sus propios códigos.
El reto no es hacer la cultura más simple, sino más accesible en el sentido amplio de la palabra. No se trata solo de acercar las personas a la cultura, sino también de acercar la cultura a la vida de las personas.
2) Muchas veces se habla de la música como algo “bonito”, pero no siempre como algo necesario. ¿Crees que una sociedad escucha peor y convive peor cuando pierde el contacto con la cultura?
Generalizando y simplificando mucho, porque es un debate que daría para muchísimo, creo que muchas veces reducimos nuestra relación con la música a momentos muy concretos: ir al concierto de la orquesta sinfónica de tu ciudad o a un concierto de Bad Bunny.
Sin embargo, la música está muchísimo más presente en nuestras vidas de lo que solemos pensar. Está en las películas que vemos, en la publicidad, en los videojuegos, en las celebraciones, en los funerales, en los estadios, en las manifestaciones… Incluso la utilizamos para estudiar, relajarnos o recordar momentos importantes de nuestra vida.
Creo que no existe una conciencia suficientemente real, ni suficiente pedagogía, sobre cuál es la presencia y la importancia de la música (y del arte, en general) en nuestra sociedad. Tampoco sobre todo el trabajo, el conocimiento y los procesos creativos que hay detrás de aquello que consumimos con tanta naturalidad.
Quizá por eso muchas veces seguimos hablando de la cultura como algo “bonito” o accesorio (lo de “bonito” también da para otro debate), cuando en realidad es una parte esencial de cómo entendemos el mundo, construimos identidad y nos relacionamos con los demás. La cultura no resuelve todos los problemas, pero sí nos ayuda a desarrollar capacidades fundamentales para convivir: la empatía, la imaginación o la capacidad de matizar y de aceptar que la realidad casi nunca es tan simple como nos gustaría.
3) Has trabajado tanto sobre el escenario como dentro de instituciones culturales europeas. ¿Qué has aprendido viendo la música desde esos dos lugares tan distintos?
Mi llegada al mundo más “activista” nació, precisamente, de mi experiencia como estudiante. Fue una forma de intentar canalizar frustraciones y de contribuir a mejorar cosas que veía que no funcionaban o que, directamente, dejaban a mucha gente por el camino. Es por eso que, en mi cabeza, estos dos mundos están mucho más conectados de lo que la gente suele imaginar. Creo que conocer una misma realidad desde dos perspectivas complementarias, sin necesidad de entrar hasta la cocina, te da mucha paz y también te ayuda a tomar mejores decisiones profesionales.
Por lo general, me pasa que cuando hablo con estudiantes de conservatorio, más que el enfado me preocupa la sensación de agotamiento. Ese “¿para qué voy a hacer algo si esto es así y no va a cambiar?”. Durante nuestra carrera hay muchos porqués que nunca llegan a tener respuesta.
Conocer cuáles son las cuestiones o las realidades que bloquean determinadas cosas ayuda. A veces te enfada; otras, te ayuda a entender la lentitud de determinados procesos o a descubrir que hay mucha más gente de la que parece trabajando para que las cosas mejoren. Y, sobre todo, te da más información para saber qué lugar quieres ocupar tú dentro de todo ese ecosistema y cómo puedes contribuir, desde tu aula, desde el escenario… a mejorar las cosas.
De la misma manera, las políticas culturales corren el riesgo constante de volverse abstractas y de alejarse de la realidad cotidiana de quienes crean, interpretan, enseñan o viven la cultura de una manera u otra. De alguna manera, siento que no podría hacer bien mi trabajo si no mantuviese un pie en la práctica artística.
En resumen, necesito seguir tocando para no olvidar para quién se diseñan las políticas culturales, y necesito seguir trabajando en políticas culturales para entender mejor el contexto en el que estamos y poder aportar mi granito de arena de alguna forma.
4) Vivimos en una época muy acelerada, donde cuesta incluso prestar atención unos minutos seguidos. ¿Qué puede enseñarnos todavía un concierto de piano en pleno 2026?
Ya no tanto un concierto de piano en concreto, sino la participación cultural en un sentido más amplio. En un mundo de impulsos instantáneos, creo que la cultura puede generar precisamente esos espacios que cada vez nos faltan más.
En cierto modo, asistir hoy a un concierto de piano es casi un acto de rebeldía frente a la lógica de la velocidad permanente. Pararte durante una hora simplemente a escuchar, sin esperar una recompensa inmediata, sin atajos, sin estar cambiando constantemente de estímulo o mirando el móvil, es algo que hacemos cada vez menos.
Creo que, más que enseñarnos, nos recuerda que no todo lo valioso tiene por qué ser inmediato. Hay experiencias que necesitan tiempo para desarrollarse, igual que las personas necesitan tiempo para explicarse y comprenderse, o que los procesos creativos (y tantos otros) también requieren su propio ritmo.
Esto podríamos aplicarlo igualmente a la experiencia de visitar un museo, dejándote llevar o parándote delante de un cuadro. Pero hay algo especial en un concierto que creo que hoy pasamos demasiado por alto: durante una hora, todas las personas comparten el mismo silencio, la misma música y el mismo tiempo. En una sociedad cada vez más individualizada, no me parece una cosa menor.
5) Gran parte de tu trabajo busca conectar artistas, instituciones y público. ¿Cuál dirías que es hoy el gran problema de la música clásica: falta de interés o falta de puentes?
Las dos, ¡pero no lo digo yo!
Empezando por la primera, según la Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales en España (2024-2025), el principal motivo por el que la gente no asiste a conciertos de música clásica es la “falta de interés”, que ronda el 42 %.
Lo que me fascina es la poca atención que todavía le estamos prestando a qué significa realmente esa “falta de interés”. Puede responder a muchísimas razones distintas, y no creo que debamos resignarnos y decir: “Ah, vale, pues ya está”, y menos en el mundo de la música clásica.
Existen muchas barreras invisibles, preconceptuales, que hacen que no nos sintamos interpelados por determinadas experiencias culturales: pensar que ese lugar no es para ti por el código postal en el que has nacido, por tu forma de vestir, de hablar o, simplemente, porque nunca nadie te ha hecho sentir que pertenecías a ese espacio. Creo que, si queremos hacer un análisis serio sobre la relación entre la sociedad y la cultura (y viceversa), deberíamos empezar por detenernos a reflexionar sobre eso.
En cuanto a los puentes, siempre he sido un poco abogado del diablo con lo mío. Tenemos una enorme tendencia a hablar casi exclusivamente con quienes ya forman parte de nuestra burbuja.
Hay muchos motivos, y no es solo porque estemos todos ciegos; también responde a una desconfianza acumulada durante muchos años, provocada, entre otras cosas, por la instrumentalización constante de la cultura. Precisamente por eso, creo que si queremos afrontar muchos de los retos que tenemos por delante, es fundamental abrirnos y empezar a hablar más con el mundo que nos rodea. Entender tu entorno no tiene por qué significar perder tu identidad. De hecho, creo que conocer los lenguajes y los códigos del “resto del mundo” te permite defender mucho mejor aquello en lo que crees.
6) Has defendido la cultura como un bien esencial. Si tuvieras que convencer a alguien que piensa que la cultura es “secundaria”, ¿qué argumento usarías?
Creo que ya he respondido en parte antes. El principal problema es que la cultura es tantas cosas y atraviesa tantos aspectos de nuestra vida que, paradójicamente, en muchos casos acaba volviéndose invisible.
Si pensásemos cómo sería una sociedad sin literatura, sin música, sin patrimonio, sin fiestas populares, sin diversidad lingüística o sin espacios donde construir una identidad colectiva, enseguida nos daríamos cuenta de su importancia.
En política cultural cada vez hablamos más de la cultura como una infraestructura. Igual que una ciudad necesita carreteras, escuelas u hospitales para funcionar, también necesita una infraestructura cultural: espacios, personas, redes, conocimientos y prácticas que permiten que una comunidad se encuentre, se exprese, construya valores compartidos y sea capaz de imaginar su propio futuro.
Durante mucho tiempo hemos intentado explicar la importancia de la cultura a través de sus distintos “apellidos”: genera impacto económico, contribuye al bienestar o favorece la cohesión social. Todo eso es cierto, y cada vez tenemos más evidencias que lo demuestran.
Aun así, en ese esfuerzo por justificarla, corremos el riesgo de olvidar su valor intrínseco. Hay que seguir protegiendo también ese libro que lees de pequeño y que, sin responder a ningún “apellido” concreto, te abre un mundo nuevo. No todo lo valioso necesita justificarse por el impacto que genera en otros ámbitos.
Creo que el valor más profundo de la cultura no está solo en aquello que produce o en los beneficios que genera para otros ámbitos. Está también en todo lo que hace posible: que imaginemos otros mundos, que nos hagamos preguntas, que construyamos una identidad individual y colectiva, que demos sentido a lo que vivimos o que, simplemente, seamos un poco más humanos.
7) Tu carrera te ha llevado por escenarios e instituciones de muchos países europeos. ¿Hay algún modelo cultural fuera de España que creas que deberíamos mirar con más atención?
Los copia y pega nunca son la mejor idea, porque incluso en los casos más obvios siempre hay que preguntarse de dónde viene cada cosa y por qué funciona como funciona, y cada contexto socioeconómico en el que se desarrolla un modelo es totalmente diferente. Hay varios ejemplos que me parecen interesantes.
En Polonia me sorprendió muchísimo lo arraigada que está la música en la identidad del país y el sistema público de escuelas integradas y escuelas de música, que permite que mucha gente pueda acceder a un instrumento y conocer la música a su ritmo. Sí que es cierto que, una vez llegas a determinados niveles de formación, sigue siendo una estructura extremadamente competitiva y muy piramidal, donde la lógica del éxito y el fracaso acaba llevándose a mucha gente por delante.
En China impresiona la enorme inversión que están realizando (también fichando a docentes o directivos de conservatorios europeos o estadounidenses, casi como si fueran jugadores de fútbol), pero, sobre todo, lo arraigada que está la dimensión comunitaria de la cultura y la importancia que ocupa en la sociedad. Ahora bien, tanto en Polonia como en China hay que preguntarse de dónde viene todo eso y cómo ha sido utilizado por determinados regímenes en el pasado o en el presente.
Por otro lado, Corea del Sur es el mejor ejemplo, o quizá el único, de un país que ha desarrollado una auténtica estrategia industrial para su cultura. Para explorar el “pero” en este caso, os recomiendo un libro: “Culture is not an Industry” de Justin O’Connor.
En España tenemos muchísimas cosas que mejorar, regular y seguir construyendo, pero también un potencial enorme. A veces echo de menos que, cuando hablamos en determinados foros, además de señalar todo lo que queda por mejorar, pongamos también el foco en aquellas conversaciones que podemos liderar y en todo lo que ya tenemos para aportar.
Países como Colombia, Brasil o México están generando algunos de los marcos conceptuales más innovadores en cultura en los últimos años, y España está desempeñando un papel muy importante en la incorporación de algunos de ellos al debate europeo, en especial con los derechos culturales.
Cuando hablamos de derechos culturales, hablamos de cultura entendida como el conjunto de prácticas, procesos y espacios que permiten el acceso, la participación, la mediación y la creación cultural, y no únicamente como producción o consumo de bienes culturales. Es una mirada que puede ayudarnos a responder muchas de las preguntas que han ido apareciendo durante esta conversación. Si conseguimos incorporar ese prisma al resto de debates sobre educación, mediación, participación o políticas culturales, probablemente encontraremos muchas respuestas.
8) Como pianista, ¿qué tiene el piano que sigue emocionando incluso a personas que no escuchan música clásica habitualmente?
Hay una parte contradictoria del piano que me fascina: cómo un trozo de madera, metal y unas cuantas cuerdas, que además al tocar está mucho más desconectado de tu cuerpo que otros instrumentos y con un sonido aparentemente tan plano y caduco, puede llegar a generar tanto.
Creo que una de las razones es la inmensa suerte de contar con un repertorio prácticamente infinito, tanto por cantidad como porque, durante siglos, el piano (o su familia de instrumentos) ha sido el laboratorio creativo de tantísimos compositores y desde estéticas muy distintas. Ha servido para experimentar, para acompañar, para cantar…
Además, creo que hay una parte “democrática” en el piano. Es uno de los instrumentos más accesibles para que cualquiera pueda sentarse, tocar unos acordes y hacer que suene razonablemente bien sin necesitar años de práctica. Quizá esa mezcla de simplicidad y complejidad, de cercanía y profundidad, unida a un repertorio prácticamente infinito, es lo que lo hace tan especial.
9) También trabajas mucho con jóvenes y con redes culturales nuevas. ¿Crees que las nuevas generaciones se relacionan con la música de una forma diferente a como lo hacían hace veinte años?
Sí, por supuesto, y seguirá cambiando. Pero simplemente porque la manera de acceder a la cultura hoy es totalmente distinta a la de hace veinte años, igual que la de hace cuarenta era distinta a la de hace veinte y la de dentro de veinte volverá a ser diferente. Esto no es ni mejor ni peor; es algo natural.
Ahora el acceso es prácticamente ilimitado, y eso cambia todo. Cambia no solo lo que escuchas, sino cómo, cuándo y dónde lo haces. Cambia también la facilidad para crear música tú mismo y cuestiona muchas de las jerarquías existentes o de los itinerarios que, hasta hace poco, parecían imprescindibles para llegar a determinados espacios.
Paradójicamente, tener acceso a prácticamente toda la música del mundo no garantiza descubrir una mayor diversidad. A veces ocurre justo lo contrario. Los algoritmos tienden a enseñarte más de aquello que ya sabes que te gusta, pero no necesariamente a llevarte hacia aquello que todavía no sabes que podría gustarte, en especial si proviene de lenguas y culturas minoritarias o de determinados colectivos.
En lo que en inglés se llama discoverability y que en español todavía nos cuesta traducir, está uno de los principales retos actuales. Precisamente por eso, la alfabetización digital se vuelve cada vez más importante para aprender a elegir, a contextualizar y a descubrir.
Tenemos que ser capaces de analizar estos cambios, entender los códigos con los que se relacionan hoy las nuevas generaciones y comprender las formas en las que acceden a la cultura. Seguimos hablando muchas veces de cómo hacer que los jóvenes vengan a nuestras instituciones, cuando la pregunta debería ser cómo entendemos las formas en las que ellos ya se están relacionando con la cultura. Esto obliga a las propias instituciones a hacerse preguntas, pero también a darle espacio a ellos a que las hagan desde dentro. Ya no pueden dar por hecho que la sociedad las considera relevantes; esa legitimidad hay que construirla cada día, dialogando con las personas y siendo capaces de demostrar por qué siguen teniendo sentido en un contexto que cambia constantemente.
10) Fuera de la música, ¿qué libro, película o experiencia reciente te ha hecho pensar especialmente sobre el mundo en el que vivimos?
Más que un libro o una película concreta, me hace pensar mucho la situación global que estamos viviendo.
Me abruma la gamificación de la realidad. Cómo cuestiones que hace unos años nos habrían parecido fundamentales ya ni siquiera se discuten, sino que se evaporan con una naturalidad que da miedo. Cómo vemos imágenes de guerras o catástrofes acompañadas de música de videojuego, hasta el punto de que a veces cuesta distinguir entre información y entretenimiento.
Me preocupa especialmente que la desinformación no consista en que alguien te cuele una noticia falsa, sino en que nos acabamos creyendo solo aquello que más se parece a lo que ya pensábamos o reaccionando únicamente a lo que más rabia nos produce. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, cada vez parece más difícil construir conversaciones largas, complejas y con matices.
También me hace pensar cómo hemos convertido la velocidad en un valor en sí mismo. Da la sensación de que todo tiene que ser inmediato: la información, el ocio, incluso las opiniones. Creo que eso tiene consecuencias profundas sobre cómo pensamos y cómo convivimos. Estamos perdiendo la capacidad de descubrir a través de la curiosidad.
11) En un momento tan polarizado socialmente, ¿puede la música servir todavía como espacio de encuentro real entre personas muy distintas o eso es una idea demasiado romántica?
Más allá de lo que he dicho hasta ahora, lo llevo mucho a mi propia experiencia. Siempre digo que lo más bonito de haber estudiado lo que he estudiado no ha sido ni siquiera tocar el piano, sino haber tenido la oportunidad de compartir música, debates y experiencias con personas de todo el mundo. Obviamente soy muy afortunado por haber vivido eso, pero creo que, en mayor o menor medida, la cultura tiene esa capacidad de generar encuentros.
La música no elimina automáticamente los desacuerdos ni las diferencias, pero sí crea situaciones donde personas muy distintas comparten tiempo, atención y emociones. Eso, hoy en día, tiene muchísimo valor. Quizá por eso sigo pensando que un concierto, un museo o un teatro tienen hoy más importancia que nunca: porque siguen siendo algunos de los pocos espacios donde personas muy diferentes pueden coincidir alrededor de algo común.
Eso no ocurre solo en un auditorio, ocurre cuando alguien se apunta a un coro de su barrio, cuando canta con sus amigos o cuando participa en una banda o en un proyecto comunitario. Muchas encuestas nos muestran que la cultura es uno de los mayores factores para favorecer la cohesión social e, incluso, para fijar población en un territorio. Creo que hay pocas cosas más bonitas y que unan más que compartir cultura.
12) Después de tantos proyectos internacionales, reuniones institucionales y conciertos, ¿qué es lo que todavía te hace sentir que merece la pena dedicar la vida a la música y a la cultura?
Pues, simplemente, porque adoro la música (y el piano, en especial). Me sigue fascinando el proceso creativo y la posibilidad de compartirlo con otras personas. Especialmente en la música de cámara: esa sensación de construir algo entre varios, de escucharse constantemente y de generar un espacio en el que, durante un rato, todo el mundo conecta alrededor de algo.
De alguna manera, todo eso siempre lo he vivido desde un activismo que me llevó a hacer lo que hago. Desde un cierto inconformismo (que no frustración) que creo que me acompañará toda la vida. Para mí, el inconformismo consiste en pensar que las cosas siempre pueden hacerse un poco mejor y que todos podemos aportar algo para conseguirlo.
En nuestros centros de estudios dedicamos muchísimo tiempo, asignaturas y recursos a preguntarnos qué habilidades necesitamos desarrollar para convertirnos en ese profesional 360 absolutamente perfecto (¿es eso posible?). Sin embargo, hablamos todavía muy poco sobre qué papel queremos jugar en la sociedad como artistas, qué podemos aportar y desde qué lugar queremos hacerlo.
Intento que esa pregunta guíe casi todas las decisiones que tomo y, probablemente (espero), siga siendo una de las grandes razones por las que me levanto cada mañana con ganas de seguir dedicándome a la música y a la política cultural.
