Cierra los ojos y trata de imaginar la Viena de finales del siglo XVIII. ¿Qué sonidos puedes escuchar? Seguramente, música de piano, pero también el murmullo de los salones de la nobleza y un animado ambiente que podría compararse con el hipódromo de Ascot, donde un público VIP acude a ver y ser visto, a apostar y animar a su favorito.
En el siglo XVIII, la capital austriaca era el punto de encuentro para disfrutar con el espectáculo de dos pianistas enzarzados en un duelo de virtuosismo. Mozart llegó a Viena en 1781 decidido a conquistarla con su genialidad al teclado.
EL PIANO, REY DE LOS SALONES DE ARISTÓCRATAS
La época vivía un auténtico fervor por la música de piano. El pianoforte, antecesor del piano acústico moderno, se había convertido en el rey de los salones. La nobleza vienesa no se conformaba con escuchar; quería espectáculo, rivalidad y, por qué no, dinero en juego.
Los duelos de piano eran el entretenimiento predilecto de príncipes y emperadores. Dos virtuosos, dos pianofortes, un tema propuesto sobre la marcha y una sala llena de aristócratas apostando a puerta cerrada. No había partituras. Todo giraba en torno a la improvisación, la capacidad de crear belleza y complejidad de forma espontánea.
El episodio más célebre tuvo lugar la Nochebuena de 1781 en el Palacio Imperial. El emperador José II organizó un enfrentamiento improvisado. Los púgiles elegidos fueron Mozart, recién llegado de Salzburgo, y Muzio Clementi, pianista italiano que se encontraba de paso por Viena.
Según la crónica del propio Mozart, Clementi comenzó con una sonata repleta de terceras y octavas paralelas, demostrando una técnica mecánica prodigiosa. Amadeus respondió improvisando doce variaciones virtuosas sobre una canción popular francesa, origen de la actual canción de cuna.
Tras el primer asalto, el Emperador propuso temas de Paisiello que ambos ejecutaron a dos pianofortes. El resultado oficial fue un empate y los cien ducados de premio se repartieron, pero José II se inclinaba por Mozart. Curiosamente, mientras Clementi siempre elogió a Mozart, este último fue menos benévolo en sus cartas, calificando al italiano de “mero mecánico” .
DUELOS DE PIANO EN EL CINE
Esta cultura de la competición no desapareció con Mozart. Años después, Beethoven o Liszt, entre otros muchos, se enfrentaron en duelos de piano donde la improvisación era la protagonista. Los nobles patrocinaban a los campeones y los salones de los aristócratas se convertían en un espectáculo musical.
El cine ha sabido aprovechar esta tradición y trasladarla a las pantallas. En “Amadeus” (1984), Miloš Forman recrea un enfrentamiento entre Mozart y Salieri que, aunque cautivador, es pura fantasía: nunca existió tal duelo entre ambos. Su relación fue más de competencia profesional, pero la película plasma a la perfección la tensión de esos salones, las apuestas veladas y la vulnerabilidad del intérprete frente a su público.
Años más tarde, “La leyenda del pianista en el océano” (1998) eleva el duelo pianístico a la categoría de mito. La icónica escena en la que Novecento desafía a Jelly Roll Morton no pretende ser histórica, pero bebe directamente de la tradición vienesa: el piano como arma, la improvisación como lenguaje y la victoria como demostración de superioridad artística.
Hoy día, el piano sigue siendo el protagonista de las salas de conciertos, pero afortunadamente el público ha evolucionado y solo quiere deleitarse con el virtuosismo de los músicos.