Cuando pensamos en los grandes compositores de siglos pasados, imaginamos a músicos solemnes entregados por completo a la perfección de sus partituras. Sin embargo, Joseph Haydn (1732-1809) rompía ese estereotipo. Considerado el padre de la sinfonía y uno de los grandes impulsores del cuarteto de cuerda, el compositor austríaco era un hombre ingenioso, cercano y con un extraordinario sentido del humor. Su personalidad quedó reflejada en muchas de sus obras, donde escondía bromas musicales capaces de sorprender tanto al público como a los intérpretes.
DE LAS DIFICULTADES ECONÓMICAS AL ÉXITO INTERNACIONAL
Haydn nació en Rohrau, una pequeña localidad de Austria, y desde muy joven destacó por sus aptitudes musicales. Se formó como niño cantor en la catedral de San Esteban de Viena. Tras años de dificultades económicas, se convirtió en maestro de capilla de la poderosa familia Esterházy. Durante casi tres décadas trabajó para esta corte, donde dispuso de una excelente orquesta y pudo desarrollar un lenguaje musical propio. Más adelante, se convirtió en uno de los compositores más admirados de Europa.
El compositor austríaco no solo era un creador brillante. También disfrutaba jugando con las expectativas de quienes escuchaban su música. Su humor no era estridente ni extravagante, sino elegante e inteligente.
LAS BROMAS ESCONDIDAS EN SUS OBRAS
Con su habilidad para detectar cuándo romper una estructura aparentemente predecible, podía provocar una sonrisa o un momento de desconcierto. Uno de los ejemplos más conocidos es la Sinfonía n.º 45, conocida como Sinfonía de los Adioses.
Los músicos de la corte Esterházy llevaban meses lejos de sus familias y deseaban volver a casa. En lugar de realizar una petición formal, Haydn decidió convertir el mensaje en música. Durante el último movimiento, los intérpretes van apagando las velas de sus atriles y abandonan el escenario uno tras otro hasta que solo permanecen dos violines. El príncipe entendió la indirecta y permitió que la orquesta regresara con sus familias. La obra se convirtió en una de las bromas musicales más ingeniosas de la historia.
Igualmente famosa es la Sinfonía n.º 94, conocida como La Sorpresa. En el segundo movimiento, una melodía suave y delicada transcurre con total tranquilidad hasta que, de forma inesperada, toda la orquesta irrumpe con un fortísimo acompañado de un contundente acorde. Se dice que Haydn afirmaba que su intención era despertar a los espectadores que se quedaban dormidos durante los conciertos. El efecto sigue sorprendiendo al público casi tres siglos después.
Otra de las anécdotas más repetidas cuenta que, durante una reunión informal, llegó a tocar algunas notas del teclado utilizando la nariz para divertir a los presentes. Aunque los historiadores no pueden confirmar con absoluta certeza que el episodio sucediera exactamente así, el relato refleja la imagen que sus contemporáneos tenían de él: un músico brillante que no temía reírse de sí mismo ni romper el protocolo cuando la ocasión lo permitía.
Una gran parte del legado de Joseph Haydn fue demostrar que el virtuosismo y el humor no son incompatibles. Gracias a su imaginación, la música encontró una nueva forma de dialogar con el público.