En nuestra sección “Artista del mes” nos entrevistamos con Fran Barajas, un joven compositor que goza de una gran reputación en la esfera musical internacional.
FORMACIÓN Y PROYECTOS MUSICALES
Nacido en 1995, Fran Barajas estudió el Grado y Máster en Composición Musical con Marc García Vitoria en el Conservatorio Superior de Alicante (CSMA) y con Ramón Lazkano en Musikene (Donostia).
Perfeccionó sus estudios en la Kunstuniversität Graz (Austria) con Franck Bedrossian. Además, ha recibido clases de Francesco Filidei, Pierluigi Billone, Alberto Posadas, Elena Mendoza, Joan Magrané, Francesca Verunelli, Clara Iannotta, Johannes Schöllhorn y Francisco Coll, entre otros grandes nombres.
Durante sus estudios de máster, escribió la pieza The quartet in my life (2021), un cuarteto de cuerda para Quatuor Diotima, y Les voix humaines (2022), para el Ensemble Intercontemporain, ambos de París.
Entre sus proyectos, destaca su colaboración con la Orquesta de Valencia, para la que compuso Mutatis mutandis (2020), que se estrenó en 2023 bajo la dirección de Nacho de Paz en el Festival Ensems, lugar de encuentro por excelencia de la música contemporánea en España.
Ese mismo año, recibió el encargo, por parte del Institut Valencià de Cultura y con el apoyo de la Ernst von Siemens Musikstiftung, de El olor de la guayaba 3, estrenado en el Festival Ensems por el Trío Feedback.
En 2024, participó en la Academia Voix Nouvelles de la Fundación Royaumont. En este proyecto colaborativo, fue uno de los ocho compositores encargados de la composición de la ópera Butterfly Room Service, con libreto de Antoine Gindt y Cecilia Franco, estrenada por el Ensemble Linea bajo la dirección de Jean-Philippe Wurtz.
En agosto de 2025 y bajo la dirección de Gregory Vajda, se estrenó su obra Yo no canto porque sí, concebida para doce voces en triple coro. Su proyecto de ópera colaborativa de cámara más reciente, en el que ha trabajado junto a los compositores Pablo Andrés, Natalia Laguens y Manuela Guerra, ha sido organizado por la directora y libretista Laure Deval para la Haute École des Arts du Rhin (Estrasburgo).
FESTIVALES Y RECONOCIMIENTOS
Su música ha estado presente en diversos festivales internacionales, como IMPULS Festival, MIXTUR, Warsaw Autumn, Ultima Oslo, Circuito Musikagileak, Bernaola Zikloa, De Link o el Festival de Música Española Manuel de Falla, entre otros.
Ha trabajado con la Orquesta Gulbenkian, Orquesta Sinfónica de Bilbao, Cikada String Quartet, Schallfeld Ensemble, Tallero Sonoro, Ensemble Sinkro, Ensemble O Vos Omnes, Trío Agora, Trío Apellániz, Valeria Kafelnikov, Ander Tellería, Miguel Ituarte, Jordi Francés y muchos más.
Como reconocimiento a su labor, ha recibido premios, entre los que destaca el Primer Premio en el XVIII Concurso Francisco Escudero y el Gran Premio Rector de la Universidad Loyola en el I Certamen de Creación Joven Loyola Compositores Emergentes (2023).

NUESTRA ENTREVISTA CON FRAN BARAJAS
1. En varias ocasiones has hablado de la memoria como una idea importante dentro de tu música. Si tuvieras que elegir un recuerdo sonoro de tu infancia que todavía siga contigo hoy, ¿cuál sería?
Cuando digo memoria, me refiero más bien a la memoria colectiva. Decir que dentro de mi música la memoria tiene algo que ver significa que uno no va solo a encontrar lo inédito, sino que también se puede cruzar con elementos familiares, reconocibles, o que lo parecen. No se trata tanto de mis recuerdos privados. Es una actitud hacia la creatividad como un juego entre lo conocido y lo desconocido, lo imaginado y lo común. A menudo, surge la difícil pregunta de con quiénes precisamente podría compartir esa memoria, a quiénes podrían apelar esas referencias.
Somos todo lo que hacemos
y también lo que pensamos,
pero especialmente somos
todo lo que recordamos.
2. Este año estrenas en Estrasburgo la ópera colaborativa Era solo felicità. La felicidad parece un concepto sencillo, pero quizá no lo sea tanto. ¿Crees que la música puede explicar emociones que las palabras no consiguen expresar?
La ópera es una situación particular que surge a mitad de camino entre muchas formas de expresión (palabra, sonido, movimiento, objetos, luz, vestuario, etc.). No se puede pensar en la música sin tener en cuenta lo que se dice y lo que sucede en escena. Más que de la felicidad, esta ópera trata de la compasión o la esperanza, creo yo. Todo lo que puedo decir estaría un poco incompleto, ya que somos principalmente cinco cabezas creativas: Pablo Andrés, Natalia Laguens, Manuela Guerra, Laure Deval y yo. La ópera está escrita en las cinco lenguas maternas de cada uno. Lo bonito y distinto del proyecto es que la colaboración es, a la vez, el método y el tema. Todo lo hemos imaginado y construido en común a lo largo de unos dos años.
3. Tu música ha viajado por festivales y escenarios de muchos países. ¿Hay alguna ciudad o algún lugar donde hayas sentido que escuchaban tu música de una manera especialmente distinta?
Tal vez en Oslo, donde el cuarteto Cikada tocó hace un par de años The Quartet in my life como parte del Festival Ultima. Fue la primera vez que escuchaba un público tan discreto y atento, entre el cual hubo gente tan amable como para acercarse a felicitarme después.
Volviendo al tema de la memoria, en Lisboa me sucedió una cosa curiosa en el estreno de El olor de la guayaba 4, para barítono y orquesta. Se me acercó un hombre, que era también de Colombia, y estuvimos hablando del texto de José Manuel Marroquín y de las referencias a la música popular que había reconocido (hay muchas, pero la mayoría están ocultas). Me alegró mucho la conversación por muchas razones, sobre todo por la sorpresa de la casualidad y porque alguien había podido entender tal vez un poco más el juego de símbolos internos y esas cosas.
4. Mucha gente piensa que la música contemporánea es “difícil”. Si alguien fuese a escuchar una obra tuya por primera vez, ¿qué le dirías para que entrara en ella sin miedo?
Las “músicas contemporáneas” son muy diversas. Todo es cuestión de contexto y costumbre. La primera vez que escuché Pression, de Lachenmann, en un vídeo, lo quité al llegar a cierto pasaje donde el chelista produce un sonido muy estridente con el arco detrás del puente, el momento de máxima presión de la pieza. Como chelista que yo era, me pareció especialmente violento y desagradable. Nunca había escuchado algo así. Hoy en día, años después, me resulta hasta placentero. Es un sonido eléctrico, como un escalofrío, y si se toca bien, puede ser increíble por la riqueza del timbre (hasta los “ruidos” se pueden tocar bien o mal si les prestamos atención). Para mí, entonces, el sonido del chelo era, como mucho, el de las suites de Bach. Algo como esto era inconcebible, pero seguramente a alguien que venga de cualquier otro entorno no tan “clásico” le podría parecer atractivo. Todo es cuestión de costumbre y contexto.
No hay que tener miedo. Afortunadamente, la música que hacemos es inútil e inocua. Como mucho se puede pasar un rato incómodo, pero se sobrevive. También hay cosas bien escritas y mal escritas, como todo. Merece la pena solo por curiosidad. Hay que ir más allá, experimentar por uno mismo, tener paciencia. Se están haciendo cosas realmente extraordinarias y que se pueden disfrutar muchísimo. Es una lástima seguir repitiendo clichés.
5. Estás trabajando ahora en una nueva obra para la Jove Orquestra Nacional de Catalunya. ¿Cómo cambia tu forma de escribir cuando sabes que detrás de la partitura habrá músicos jóvenes interpretándola?
En todos los casos hay que saber adaptar lo que uno imagina a las posibilidades físicas de quien lo interpreta. Es algo que no es fácil de prever y que hace que el trabajo con los músicos sea tan importante. El proceso de una obra no termina hasta que se toca. Sean jóvenes o no, hay que mirar siempre con cuidado cada detalle y ser consciente de los límites.
Por otro lado, el encargo forma parte de las becas de composición de la Federación de Juventudes Musicales de Catalunya. La pieza aún no tiene título, pero va de cómo cambia la energía interna de una limitada selección de acordes, que se repiten siempre variando. La idea de la espiral puede ser una buena metáfora.
6. El piano ha sido históricamente el instrumento de los grandes compositores. ¿Qué relación tienes tú con él? ¿Es un refugio, una herramienta de trabajo o incluso un lugar donde desconectar?
Desde hace años, lo toco mucho más que el chelo. Me parece más cómodo y cotidiano. Procuro estudiar cosas nuevas de vez en cuando, en privado, porque es importante no perder el contacto con esa parte práctica del sonido. Esto justo tiene relación con lo de antes: si uno no interpreta un instrumento, se corre el peligro de escribir cosas que están pensadas más desde la abstracción que desde el tacto o la sensación física, por así decir. Luego, en realidad, no lo uso tanto para componer. Los dedos tienen su propia forma de pensar, por la memoria muscular, y hay que ejercitar la imaginación. Más bien, suelo cantar para componer.
7. Vivimos rodeados de ruido, notificaciones y estímulos constantes. ¿Crees que hoy escuchar música, de verdad, con atención, se ha convertido casi en un acto de resistencia?
Se me ocurren dos referencias. En La decadencia de la mentira, Oscar Wilde decía que el clima de Londres había cambiado en los últimos años por culpa de los impresionistas (hablando del cambio climático en el siglo XIX, un visionario). La gente no había prestado atención a la niebla, que era una cosa mundana, hasta que unos artistas mostraron sus efectos. Las cosas existen porque las vemos y las vemos una vez hemos comprendido su belleza. Llega a decir incluso que es la vida la que imita al arte y no al revés. Es un ensayo precioso y brillante que también habla de música en un par de ocasiones.
Mark Fisher, en Los fantasmas de mi vida, dice que “toda música produce una integración o una interrupción de los patrones de comportamiento habituales. Por lo tanto, una música política no podría ser solo la comunicación de un mensaje textual; tendría que ser una lucha por los medios de percepción, librada en el sistema nervioso”.
El tema de la atención es algo inquietante. Perder la capacidad de atención va de la mano con perder la capacidad crítica. Hay que prestar atención porque no hacerlo es perderte tu propia vida y quizá no ver el sufrimiento o la opresión, tanto ajena como propia. Pero creo que nos estamos dando cuenta; hay esperanza. La música en particular nos puede enseñar a escuchar. Pero no funciona de forma pasiva. Cuanto más da uno de sí, más recibe. También, muy en el fondo, habría que aprender a vivir las cosas sin tanto ánimo de provecho. Querer que todo sea útil, rentable, es también un problema.
8. Fuera de la música, ¿qué otras cosas alimentan tu imaginación? ¿Hay algún libro, película o artista que sientas especialmente cercano en este momento?
Últimamente, he vuelto a leer mucho a Oscar Wilde. Creo que dará sus frutos. Este último año he estado obsesionado con las cosas del mar y he leído Moby Dick y las tres primeras novelas de la serie Aubrey-Maturin, de Patrick O’Brian, entre otras cosas. Además, he vuelto a nadar y he empezado a remar en el Guadalquivir con frecuencia (menos cuando llueve). No es lo mismo leer sobre el agua que zambullirse en ella. También estoy obsesionado con David Lynch.
9. Si alguien quisiera entender mejor tu universo creativo, ¿qué le recomendarías antes, escuchar un disco, leer un libro, ver una película o simplemente pasear por algún lugar concreto?
Llamarlo universo es exagerado. De momento, es más bien un cuarto con trastos y bocetos. Para empezar, habría que leer algo de Gabriel García Márquez. Por ejemplo, El olor de la guayaba es el título de una entrevista en forma de libro que también he utilizado como título para un ciclo de piezas.
10. Después de tantos viajes, estrenos y proyectos internacionales, ¿qué es lo que todavía consigue ilusionarte como al principio cuando empiezas una obra nueva?
En el fondo, uno es siempre un principiante. No hay nada logrado; todo está por hacer. Todo son deseos de llegar a realizar, de construir lo que se imagina silenciosamente y está siempre pendiente. Todo viene de dentro, o debería, y cuando cuaja, o coincide, o se acerca a lo que se propone desde fuera, los proyectos, los encargos, todo está bien. Y no es fácil.